El mundo como experimento. Con sus millones de soles y planetas, sus infinitas formas de vida alrededor del agua y el carbono. Todos somos criaturas de Dios, aunque Dios haya perdido la cuenta de los días y las cosas. Darwin nos convenció de lo que no éramos, tras cabalgar a lomos de tortugas gigantes. Precisamente él, que descubrió un buen día que el misterio de la vida residía más en la piel que en la palabra. Lo veo de este modo: la palabra nos aleja del simio, pero sobre todo nos separa de la divinidad. Por eso el cristianismo es una religión fundada en la razón, en el pensamiento colocado al borde del abismo. Jesucristo abandonado por el padre todopoderoso en la cruz, rodeado de ladrones, ¿acaso no hay expresión más sincera de lo que significa la creencia? Si Buda expira recostado, sin dolor ni angustia, el hijo de Dios muere de pie, al borde del sufrimiento extremo. La religión católica se basa en hechos históricos inventados, pero encierra la trágica verdad del hombre en el mundo. La conciencia es un error de Dios, por eso Dios desde la razón no puede existir.
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