jueves, 30 de mayo de 2013

Diseño inteligente

El mundo como experimento. Con sus millones de soles y planetas, sus infinitas formas de vida alrededor del agua y el carbono. Todos somos criaturas de Dios, aunque Dios haya perdido la cuenta de los días y las cosas. Darwin nos convenció de lo que no éramos, tras cabalgar a lomos de tortugas gigantes. Precisamente él, que descubrió un buen día que el misterio de la vida residía más en la piel que en la palabra. Lo veo de este modo: la palabra nos aleja del simio, pero sobre todo nos separa de la divinidad. Por eso el cristianismo es una religión fundada en la razón, en el pensamiento colocado al borde del abismo. Jesucristo abandonado por el padre todopoderoso en la cruz, rodeado de ladrones, ¿acaso no hay expresión más sincera de lo que significa la creencia? Si Buda expira recostado, sin dolor ni angustia, el hijo de Dios muere de pie, al borde del sufrimiento extremo. La religión católica se basa en hechos históricos inventados, pero encierra la trágica verdad del hombre en el mundo. La conciencia es un error de Dios, por eso Dios desde la razón no puede existir.

Gilda

Gilda es una película tan inteligente y sútil que no me enteré de que iba hasta que vi un coloquio de Garci en youtube. Así soy de ingenuo, incapaz de pensar que en los años 40 se pudiera hacer una película tan moderna, tan llena de matices. Lo único antiguo de Gilda es la música, esa música insoportable de orquestas y trompetas de las películas en blanco y negro. El resto es sublime, pero hay que tener ojos para darse cuenta de ello. Gilda es una película que habla de amor, es decir, de odio e incomprensión. No tiene nada que ver, pero me pregunto si Stefan Zweig era, como los protagonistas de  esta película, un homosexual reprimido. Habrá que volver a Freud, que remedio.

sábado, 19 de enero de 2013

La felicidad en tres semanas

Hace unos años Punset se sacó de la manga, en uno de sus libros de divulgación científica, una fórmula para ser feliz. La cosa tenía su gracia, pero no dejaba de ser una payasada. Parece que cualquier cosa vale con tal de vender ilusión a gente bienintencionada, como esos libros que garantizan perder peso o aprender alemán en tres semanas. Por supuesto, ser feliz es mucho más asequible para el hombre corriente que aprender la lengua de Goethe, pero dudo mucho que la fórmula Punset haya contribuido en exceso a la felicidad de sus lectores.

Punset es un poco como Joan Miró, que dio con la tecla del éxito en un momento dado y ahí se quedó, no se sabe muy bien si por convicción o por interés. En mi ingenuidad llegué a pensar que Punset era un benefactor de la sociedad, que realmente había dado con las claves del comportamiento humano tras entrevistar a unos cuantos científicos. Explicarlo todo en clave científica (desde el amor hasta la avaricia, pasando por las posibilidades de secesión de Cataluña)  resultó ser la idea genial de Punset para transmitir los conocimientos que había adquirido en otros ámbitos. Está claro que lo que sabe Punset de la felicidad se lo debe más a su propia experiencia vital que a las conversaciones con una tal Susan o un tal Anthony, expertos en mitocondrias.

Uno que se hizo famoso en su tiempo por tratar el tema de la felicidad fue, sin necesidad de recurrir a fórmulas matemáticas, Arthur Schopenahuer, lo que demuestra que se puede ser feliz o hablar de ello con una visión pesimista del mundo. Su maestro en este ámbito no fue otro que el filósofo griego Epicuro, del que ya hablaré en otro momento.

jueves, 17 de enero de 2013

El general Abercrombie

Me hizo gracia ver su nombre en el libro que estaba leyendo. El general aparece mencionado una vez y luego desaparece sin más, como un personaje de las novelas de Baroja. El libro en cuestión es uno de los cuatro que completan la historia de los EEUU desde la prehistoria hasta la primera guerra mundial y que lleva la firma del divulgador Isaac Asimov. Hasta el día anterior, semejante nombre o apellido -el de Abercrombie- no lo tenía almacenado en mi memoria, por lo que me pareció sorprendente cruzármelo dos veces en un plazo de varias horas. El primero de los encuentros acaeció en la plaza del Marqués de Salamanca, donde se ubica el palacete que alberga una tienda de ropa de fama internacional, desconocida para mí hasta ese momento. Si uno va por allí, verá en primer lugar, en la puerta del palacete, a un mocetón de unos 20 años con el torso desnudo y depilado y unos abdominales propios de Cristiano Ronaldo. Esa tarjeta de presentación basta para saber que Abercrombie & Fitch es algo más osado como negocio que Jack & Jones, la tienda de ropa que a mi juicio pone mejor música de Luxemburgo. En Abercrombie - Madrid, tras subir unas lujosas escaleras con moqueta roja, se accede a la tienda en cuestión, un lugar en penumbra con la música a todo meter. Recuerdo que aquel día no aguanté por allí más de diez minutos, aun así el nombre del negocio se me quedó grabado en bronce como si se tratara de una de las leyes sagradas de la antigüedad. Al volver a casa, en la tranquilidad de mi habitación y a la luz del flexo, apareció el segundo Abercrombie del día. Al instante me acordé de mis viejas reflexiones acerca de la "sincronicidad", ahora abandonadas. Si Freud ya no me interesa, menos todavía Jung.

miércoles, 16 de enero de 2013

Un paseo por el Thyssen

Lo bueno de vivir fuera de Madrid es poder volver allí de vez en cuando y poder apreciar las maravillas de la ciudad con los ojos de un turista. Cuando vivía en la capital, no sabía la suerte que tenía, me faltaba suficiente distancia para entender nuestro "hecho diferencial". Madrid, como Nueva York o Bangkok, son ciudades del mundo, nadie es foráneo pasadas 24 horas, a nadie le piden el carnet de pertenencia a la ciudad o el país. Ahora que soy consciente de mi fortuna, aprovecho lo máximo posible mis días de vacaciones visitando museos y paseando por el Retiro. Si me dejara caer en el Ateneo, llevaría las mismas costumbres de Azorín, que también era mediterráneo y castellano al mismo tiempo. Cuando paso por el Palace, me acuerdo de Durán i Lleida y pienso que si Cataluña por fin se independiza, se liberará una suite con bonitas vistas. Cuánto admiro a este hombre, quién pudiera ser como él: un político que gana las elecciones sin presentarse y vive en un hotel de lujo para ahorrar gastos de transporte.

Como el parque de el Retiro, jardín de reyes y antiguo zoológico capitalino,  el Thyssen es un lugar estupendo para pasear, sobre todo cuando llueve ahí fuera. Tiene buena temperatura y nunca hay demasiada gente, salvo en las exposiciones temporales que atraen a la mayor parte de los turistas. Puestos a comparar, el Prado es magnífico, sublime, orgullo de la nación, pero a mi gusto tiene aire de ministerio y demasiados retratos de Reyes y santos martirizados apunto de expirar. Si uno busca variedad y colorido así como evitar excesivo barullo, sabe que el Thyssen no le va a decepcionar.

En mis paseos por el Thyssen, tan importante me resulta ver los cuadros de las paredes como la gente que mira los cuadros. El ambiente es importante, ya sea en los museos como en las plazas de toros y las discotecas. La gente se arregla para ver los museos, se pone  guapa y se comporta mejor que en su propia casa. Todavía no proliferan los silbiditos de los "whatsups" o como se escriba. Veo a la gente que mira los cuadros y me parece que vivimos en una sociedad civilizada, culta, como cuando existía el sufragio censitario. El escenario impone al ciudadano común, que ha pagado una entrada considerable y tiene que amortizar el gasto de la mejor manera posible, esto es, mirando los cuadros sin distraerse en otras cosas.

De mi última visita a la pinacoteca, una cosa se quedó en particular en mi memoria. En el rincón de una de las salas, alrededor de un cuadro abstracto y en mi humilde opinión anodino, había un grupo de niños sentados atendiendo las explicaciones de una persona que podría ser su profesora. Me recordó a la obra de teatro "Arte", ya que el cuadro era casi en su totalidad blanco. La profe les explicaba de que iba el tema y los niños parecían contentos, tal vez más de uno pensara: qué chollo ser pintor de cuadros abstractos, mucho más fácil que estudiar fracciones. A mí me parece que explicar un cuadro abstracto e incoloro a unos niños de ocho o nueve años no debe de ser fácil, tiene que ser tan complicado como cuando Durán trata de explicar su insatisfacción con Madrid tras haber desayunado un café con churros en la cafetería del Palace.

Por hablar algo de arte, mencionaré sin más que en el Museo Thyssen faltaba, de manera injustificada, una obra de Kirchner, aquella en la que destaca una niña con la cara de color verde. Siendo una de mis favoritas, me molestó que no estuviera allí ni se dijera donde estaba. Supongo que el cuadro en cuestión, una de las joyas de la colección, lo habrán prestado a otro Museo. Espero que sea algo temporal y que en breve vuelva a casa.

martes, 15 de enero de 2013

Los años salvajes de la filosofía

Así se se titula una biografía sobre Schopenhauer que he leido estas Navidades. No se me ocurre mejor forma de arrancar el blog que mencionando al padre de la "voluntad", pesimista confeso y amigo de los animales. Así como las tesis doctorales citan al catedrático de turno en la primera nota al pie de página, yo apelo a la voluntad y a su mentor, el gran filósofo de Frankfurt.

La voluntad y google, con estos dos mimbres se puede salir del armario de lo políticamente correcto y pensar en voz alta, que es el único argumento de la obra. El punto de partida es Schopenhauer como podría serlo San Agustín o Abraham Licoln. Todo pensamiento tiene una estructura circular, por mucho que se trate de ser original se acaba siempre volviendo al punto de partida.

¿Vale la pena seguir leyendo filosofía? Si hacemos caso al eminente científico Stephen Hawking, esta claro que no, ya que la filosofía ha muerto. Para él, sólo la física puede explicar los misterios de la vida y tal vez tenga razón "científicamente". Pero tras leer su último libro - "El gran diseño" -  nos damos cuenta de que tampoco hemos avanzado mucho desde Anaximandro, un filósofo griego más viejo que Platón. Dicho lo cual, ¿por qué no darse el gusto de pensar por pensar, aunque sea una tarea inútil, si tal actividad nos distrae y nos entretiene? Pensar es relacionar, jugar con las palabras, ordenar ideas, inventar conceptos. En el límite, es una actividad que no hace daño a nadie.

En este blog hablaré de filosofía y de lo que se me ocurra, con permiso de la voluntad. La mención a la torre no es más que un pequeño tributo a uno de los padres del pensamiento de hoy en día: Michel de Montaigne. Si google os trajo aquí, sé que fue el azar y no la voluntad, pero en todo caso os doy la bievenida y os invito a seguir leyendo...