sábado, 19 de enero de 2013

La felicidad en tres semanas

Hace unos años Punset se sacó de la manga, en uno de sus libros de divulgación científica, una fórmula para ser feliz. La cosa tenía su gracia, pero no dejaba de ser una payasada. Parece que cualquier cosa vale con tal de vender ilusión a gente bienintencionada, como esos libros que garantizan perder peso o aprender alemán en tres semanas. Por supuesto, ser feliz es mucho más asequible para el hombre corriente que aprender la lengua de Goethe, pero dudo mucho que la fórmula Punset haya contribuido en exceso a la felicidad de sus lectores.

Punset es un poco como Joan Miró, que dio con la tecla del éxito en un momento dado y ahí se quedó, no se sabe muy bien si por convicción o por interés. En mi ingenuidad llegué a pensar que Punset era un benefactor de la sociedad, que realmente había dado con las claves del comportamiento humano tras entrevistar a unos cuantos científicos. Explicarlo todo en clave científica (desde el amor hasta la avaricia, pasando por las posibilidades de secesión de Cataluña)  resultó ser la idea genial de Punset para transmitir los conocimientos que había adquirido en otros ámbitos. Está claro que lo que sabe Punset de la felicidad se lo debe más a su propia experiencia vital que a las conversaciones con una tal Susan o un tal Anthony, expertos en mitocondrias.

Uno que se hizo famoso en su tiempo por tratar el tema de la felicidad fue, sin necesidad de recurrir a fórmulas matemáticas, Arthur Schopenahuer, lo que demuestra que se puede ser feliz o hablar de ello con una visión pesimista del mundo. Su maestro en este ámbito no fue otro que el filósofo griego Epicuro, del que ya hablaré en otro momento.

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